sábado, 31 de diciembre de 2016

Amar (y eso que muchos suponen que es)



Nunca entendí eso de "te lo digo por tu bien..." acompañado de una crítica pasivo-agresiva. Aunque salga del corazón, ese comentario habla más de quién lo emite que de su receptor. Amar a alguien no nos da ningún derecho sobre la vida del ser amado. Si el depositario de nuestro afecto es una persona adulta, dueña de sus facultades, independiente en lo económico, ¿por qué suponer que lo que decide está mal? Que no sopesó pros y contras, que no analizó, que se guió solo por impulso, por la única razón de que eso que eligió no es lo que nosotros hubiéramos preferido. 
Nadie tiene un manual detallando LA manera de vivir la vida (si pensás que lo tenés, dejame pincharte la burbuja, cariño). Y la edad brinda experiencia pero no necesariamente sabiduría. Todos tratamos de hacer lo mejor con las herramientas que poseemos. Seguramente, mi idea de lo mejor no sea la misma que la tuya, y que vos en mi lugar hubieses discurrido otra solución, hubieses resuelto de otra forma, hubieras querido algo diferente... 
Y ese es el quid de la cuestión: somos diferentes. Tenemos distintos anhelos, esperanzas, ópticas. Y no está mal. Lo incorrecto es pretender imponer tu visión a la mía, porque me lo decís por mi bien. 
No anulemos a los que queremos, no los reduzcamos a idiotas porque no hacen las cosas como nosotros, porque no toman el camino que deseábamos para ellos. Acompañemos, amemos sin juzgar, sin desmerecer. No nos creamos indispensables, porque podemos terminar siendo prescindibles.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Viaje


Nos leímos, nos hablamos y nos gustamos... Así arrancó esto. Sin saber quién era o dónde estaba el otro, sin pensar en nada más que en reírnos... ¿Sabés lo difícil que es encontrar un flaco que lea? ¿Qué converse? ¿Qué no caiga en lo más básico del chamuyo simple y deslucido que no se sostiene más de cinco segundos? 
De entrada fuiste un desafío. Tu manera de pensar, de probarme, de jugar con las palabras. La fuerza imparable y el objeto inamovible... 
La charla se volvió una rutina necesaria. Lentamente, te fuiste metiendo en mi día a día, en mi mente, en mi piel. Y repentinamente lo improbable pasó. La distancia física era insalvable y me lastimaba. Paradójicamente, no supe/pude manejar el miedo que la ausencia de distancia emocional me producía. Y me asusté. Y entonces, huí.
Intenté sobrellevar la abstinencia de tus palabras, de vos. Nop. No sucedió. La libertad de ser yo misma no surgía con nadie más. El clic no aparecía. Me di cuenta que la había cagado y por primera vez en mucho tiempo me importó enmendar el error. 
Soy orgullosa, complicada, obstinada. No suelo dar marcha atrás en mis decisiones. Hasta que me di cuenta de que mi vida era más, mucho más interesante con vos en ella. 
El no ya lo tenía. Te escribí, y me hice cargo de la situación. Y de frente, como siempre. Encajé el golpe de tu frialdad inicial. Completamente comprensible. Tenías tus razones. Que tampoco sos facilito, querido... 
Sin embargo, me la banqué, porque creía (y creo) que "esto" vale la pena. Tus barreras fueron derrumbándose. Mi cautela voló. Me propuse paliar la distancia con franqueza. La honestidad bruta que me caracteriza. Nada de caretas, nada de actuación. Mostrarme tal cual soy. Ni vos ni yo merecemos menos.
Y acá estamos. Yendo. ¿A dónde? Ni idea. Pero, ¡cómo me gusta este viaje!