miércoles, 8 de marzo de 2017

De la tozudez



Más de una vez te han llamado la atención por ser un poquito terca, apenitas nada más... Cuando eras chica, pequeña niña de trenza ruluda, quizá esta fuese una cualidad simpática, divertida. "Mirala, ¡qué bonita! ¡Cómo se enchincha!" Pero a medida que fuiste creciendo el encantador atributo fue trocándose en un rasgo repudiable que, según los demás, habla de tu más arraigada imposibilidad de ver el otro lado de las cosas. 
En realidad, siempre intentás ponerte en posición de mirar desde una perspectiva contraria o diferente. Buscás analizar las cosas desde un lugar distinto. Te esforzás por observar lo que ven los otros. Es más, si disentís con alguien escuchás atentamente sus argumentos, abierta al cambio en caso de que te convenzan. No porque tus creencias sean relativas, sino como una muestra más de tus ansias de aprender, de transformarte, de evolucionar. El debate te encanta: ideas que fluyen, mentes que se tocan, infinitas oportunidades de aprehender conceptos que no te hubieras imaginado si no fuese por esta charla. Tanto como lo físico, lo mental es muy excitante.
Sin embargo, cuando el interlocutor no brinda razones valederas, sustentadas, o se niega lisa y llanamente a intercambiar opiniones de manera civilizada... Ahí sí sos terca, porfiada, obcecada, intransigente, tenaz. No significa que vayas a levantar la voz, te pongas a predicar desde el púlpito, trates de convencer a la audiencia, que lo tuyo no es evangelizar a nadie. Simplemente, te retirás, con tus convicciones intactas, lamentando el momento perdido para conectar intelectualmente con el otro. Y, también, un poco decepcionada de que la gente prefiera cerrarse y no consensuar, no encontrarse a medio camino, no acordar aunque sea en discrepar.

domingo, 1 de enero de 2017

Riesgos


A los treinta y tantos, después de varias relaciones, el acercamiento a esto que es querer, amar, relacionarse con un otro en tanto pareja, cambia. Atrás quedaron esos amores desesperados de la adolescencia, ese "sin vos me muero" desgarrado, las promesas de un "para siempre" desmedido. Con el transcurso del tiempo vas conociendo a los otros y, más importante, te vas conociendo a vos misma. Se van descascarando las fantasías de la infancia: ya no esperás que te bajen la luna, ni les creés a los que prometen las mil maravillas. Sos consciente de las situaciones, tenés más responsabilidades, más exigencias, más experiencia. No calculás tu valor en base a si estás en una relación o no. Tampoco considerás que alguien deba completarte, que bien completita estás ya. Y nada ni nadie vale más que tu libertad.
Pero es por todo lo anterior que al cruzarte con la persona que te intriga, te divierte, te muestra una nueva perspectiva, algo que descubrir, de quien aprender, te permitís sentir. Sentir sin medida, sin tiempo, sin promesas incumplibles. Y sobretodo sin miedos. Sentimientos kamikazes, arriesgados, profundos. Porque esa es la manera en la que vivís, con honestidad, con independencia, eligiendo entregarte, compartiendo, disfrutando cada momento, sin cerrarte a las posibilidades. Porque la que se quede sin dar el paso, no vas a ser vos... 🔄🔋

sábado, 31 de diciembre de 2016

Amar (y eso que muchos suponen que es)



Nunca entendí eso de "te lo digo por tu bien..." acompañado de una crítica pasivo-agresiva. Aunque salga del corazón, ese comentario habla más de quién lo emite que de su receptor. Amar a alguien no nos da ningún derecho sobre la vida del ser amado. Si el depositario de nuestro afecto es una persona adulta, dueña de sus facultades, independiente en lo económico, ¿por qué suponer que lo que decide está mal? Que no sopesó pros y contras, que no analizó, que se guió solo por impulso, por la única razón de que eso que eligió no es lo que nosotros hubiéramos preferido. 
Nadie tiene un manual detallando LA manera de vivir la vida (si pensás que lo tenés, dejame pincharte la burbuja, cariño). Y la edad brinda experiencia pero no necesariamente sabiduría. Todos tratamos de hacer lo mejor con las herramientas que poseemos. Seguramente, mi idea de lo mejor no sea la misma que la tuya, y que vos en mi lugar hubieses discurrido otra solución, hubieses resuelto de otra forma, hubieras querido algo diferente... 
Y ese es el quid de la cuestión: somos diferentes. Tenemos distintos anhelos, esperanzas, ópticas. Y no está mal. Lo incorrecto es pretender imponer tu visión a la mía, porque me lo decís por mi bien. 
No anulemos a los que queremos, no los reduzcamos a idiotas porque no hacen las cosas como nosotros, porque no toman el camino que deseábamos para ellos. Acompañemos, amemos sin juzgar, sin desmerecer. No nos creamos indispensables, porque podemos terminar siendo prescindibles.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Viaje


Nos leímos, nos hablamos y nos gustamos... Así arrancó esto. Sin saber quién era o dónde estaba el otro, sin pensar en nada más que en reírnos... ¿Sabés lo difícil que es encontrar un flaco que lea? ¿Qué converse? ¿Qué no caiga en lo más básico del chamuyo simple y deslucido que no se sostiene más de cinco segundos? 
De entrada fuiste un desafío. Tu manera de pensar, de probarme, de jugar con las palabras. La fuerza imparable y el objeto inamovible... 
La charla se volvió una rutina necesaria. Lentamente, te fuiste metiendo en mi día a día, en mi mente, en mi piel. Y repentinamente lo improbable pasó. La distancia física era insalvable y me lastimaba. Paradójicamente, no supe/pude manejar el miedo que la ausencia de distancia emocional me producía. Y me asusté. Y entonces, huí.
Intenté sobrellevar la abstinencia de tus palabras, de vos. Nop. No sucedió. La libertad de ser yo misma no surgía con nadie más. El clic no aparecía. Me di cuenta que la había cagado y por primera vez en mucho tiempo me importó enmendar el error. 
Soy orgullosa, complicada, obstinada. No suelo dar marcha atrás en mis decisiones. Hasta que me di cuenta de que mi vida era más, mucho más interesante con vos en ella. 
El no ya lo tenía. Te escribí, y me hice cargo de la situación. Y de frente, como siempre. Encajé el golpe de tu frialdad inicial. Completamente comprensible. Tenías tus razones. Que tampoco sos facilito, querido... 
Sin embargo, me la banqué, porque creía (y creo) que "esto" vale la pena. Tus barreras fueron derrumbándose. Mi cautela voló. Me propuse paliar la distancia con franqueza. La honestidad bruta que me caracteriza. Nada de caretas, nada de actuación. Mostrarme tal cual soy. Ni vos ni yo merecemos menos.
Y acá estamos. Yendo. ¿A dónde? Ni idea. Pero, ¡cómo me gusta este viaje!



miércoles, 2 de noviembre de 2016

No voy


Omnipresente



Cuatro y cuarto de la madrugada y yo sin dormir, recordando, como ayer, como siempre, todo lo que vi, oí, olí, toqué, degusté durante este día. Doy vueltas en mi cama, insomne, como desde hace quince años, desde ese martes fatídico en el que me di cuenta de que no podía olvidar. Las exactas palabras de Lucía dejándome parado en la estación de trenes me persiguen hoy y lo harán para siempre. “Me ahogás, necesito estar sola, encontrarme conmigo misma, ¿entendés?”. Después de quince años de darles la vuelta, para un lado, para el otro, del derecho, del revés,  sigo sin entender. Cada detalle de esa tarde está grabado en mi mente: su pelo revuelto, la solitaria lágrima en su mejilla y el nervioso reloj de su muñeca. El apuro de los que terminaban su día y el desgano de los que no querían volver a casa. El olor a sudor del día de trabajo y el vocerío de los grupos de estudiantes. También estoy yo en esa imagen; pero no soy yo sino un amasijo de sentimientos revueltos: sorpresa, desesperación, enojo y deseo… Aún en ese momento no pude abstraerme de su belleza, de lo que sus ojos provocaban en mí.
Cinco menos cuarto y Lucía acá conmigo. Quince años y no logro desprenderme de esa sensación que me arrebata cuando la veo, la imagino en mi cabeza. A partir de ese instante en que se convirtió en un borrón corriendo el tren mi mente se niega a olvidar. Malos, buenos, mejores, peores, sublimes, patéticos, vergonzosos o dignos, me es imposible deshacerme de los recuerdos. No me protege el olvido, me acorrala la presencia.

Casi las seis. El cielo aclarándose lentamente, el estruendoso piar veraniego y arriba otra vez. Para ver, oír, oler, tocar y degustar, con ella a mi lado, omnipresente.